viernes, 29 de octubre de 2010

UNA TUMBA SIN FONDO. AMBROSE BIERCE





Me llamo John Brenwalter. Mi padre, un borracho, logró patentar un invento para
fabricar granos de café con arcilla. Era un hombre honrado y no se hubiera
comprometido él solo en la fabricación. Por esta razón, era moderadamente
rico: las regalías de su valioso invento apenas le dejaban lo suficiente para
pagar los gastos del pleito contra los bribones culpables de la infracción. Fue así
que yo carecí de muchas de las ventajas de gozan los hijos de padres
deshonestos e inescrupulosos, y de no haber sido por una madre noble y devota
(quien descuidó a mis hermanos y a mis hermanas y vigiló personalmente mi
educación), habría crecido en la ignorancia y habría sido obligado a asistir a la
escuela. Ser el hijo favorito de una mujer bondadosa es mejor que el oro.
Cuando yo tenía diecinueve años, mi padre tuvo la desgracia de morir. Había
tenido siempre una salud perfecta, y su muerte, ocurrida a la hora de cenar y sin
previo aviso, a nadie sorprendió tanto como a él mismo. Esa misma mañana le
habían notificado la adjudicación de la patente de su invento para forzar cajas
de caudales por presión hidráulica y sin hacer ruido. El Jefe de Patentes había
declarado que era la más ingeniosa, efectiva y benemérita invención que él
hubiera aprobado jamás. Naturalmente, mi padre previó una honrosa, próspera
vejez. Es por eso que su repentina muerte fue para él una profunda decepción.
Mi madre, en cambio, para quien la piedad y la resignación ante los designios
del Cielo eran virtudes conspicuas de su carácter, estaba aparentemente menos
conmovida. Hacia el final de la comida, una vez que el cuerpo de mi pobre padre
fue alzado del suelo, nos reunió a todos en el cuarto contiguo y nos habló de
esta manera:
-Hijos míos, el extraño suceso que han presenciado es uno de los más
desagradables incidentes en la vida de un hombre honrado, y les aseguro que
me resulta poco agradable. Os ruego que creáis que yo no he tenido nada que
ver en su ejecución. Desde luego -añadió después de una pausa en la que bajó
sus ojos abatidos por un profundo pensamiento-, desde luego es mejor que esté
muerto.
Dijo estas palabras como si fuera una verdad tan obvia e incontrovertible que
ninguno de nosotros tuvo el coraje de desafiar su asombro pidiendo una
explicación. Cuando cualquiera de nosotros se equivocaba en algo, el aire de
sorpresa de mi madre nos resultaba terrible. Un día, cuando en un arranque de
mal humor me tomé la libertad de cortarle la oreja al bebé, sus simples palabras:
"¡John, me sorprendes!", fueron para mí una recriminación tan severa que al fin
de una noche de insomnio, fui llorando hasta ella y, arrojándome a sus pies,
exclamé: "¡Madre, perdóname por haberte sorprendido!".
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Así, ahora, todos -incluso el bebé de una sola oreja- sentimos que aceptar sin
preguntas el hecho de que era mejor, en cierto modo, que nuestro querido padre
estuviese muerto, provocaría menos fricciones. Mi madre continuó:
-Debo deciros, hijos míos, que en el caso de una repentina y misteriosa muerte,
la ley exige que venga el médico forense, corte en pedazos el cuerpo y los
someta a un grupo de hombres quienes, después de inspeccionarlos, declaran a
la persona muerta. Por hacer esto el forense recibe una gran suma de dinero.
Deseo eludir tan penosa formalidad; eso es algo que nunca tuvo la aprobación
de... de los restos. John -aquí mi madre volvió hacia mí su rostro angelical-, tú
eres un joven educado y muy discreto. Ahora tienes la oportunidad de demostrar
tu gratitud por todos los sacrificios que nos impuso su educación. John, ve y
mata al forense.
Inefablemente complacido por esta prueba de confianza de mi madre y por la
oportunidad de distinguirme por medio de un acto que cuadraba con mi natural
disposición, me arrodillé ante ella, llevé sus manos hasta mis labios y las bañé
con lágrimas de emoción. Esa tarde, antes de las cinco, había eliminado al
médico.
De inmediato fui arrestado y arrojado a la cárcel. Allí pasé una noche muy
incómoda: me fue imposible dormir a causa de la irreverencia de mis
compañeros de celda, dos clérigos, a quienes la práctica teológica había dado
abundantes ideas impías y un dominio absolutamente único del lenguaje
blasfemo. Pero ya avanzada la mañana, el carcelero que dormía en el cuarto
contiguo y a quien tampoco habían dejado dormir, entró en la celda y con un
feroz juramento advirtió a los reverendos caballeros que, si oía una blasfemia
más, su sagrada profesión no le impediría ponerlos en la calle. En consecuencia
moderaron su objetable perversación sustituyéndola por un acordeón. Así, pude
dormir pacífico y refrescante sueño de la juventud y de la inocencia.
A la mañana siguiente me condujeron ante el Juez Superior, un magistrado de
sentencia, y se me sometió al examen preliminar. Alegué que no tenía culpa, y
añadí que el hombre al que yo había asesinado era un notorio Demócrata. (Mi
bondadosa madre era Republicana y desde mi temprana infancia fui
cuidadosamente instruido por ella en los principios de gobierno honesto y en la
necesidad de suprimir la oposición sediciosa.) El juez, elegido mediante una
urna Republicana de doble fondo, estaba visiblemente impresionado por la
fuerza lógica de mi alegato y me ofreció un cigarrillo.
-Con el permiso de Su Excelencia -comenzó el Fiscal-, no considero necesario
exponer ninguna prueba en este caso. Por la ley de la Nación se sienta usted
aquí como juez de Sentencia y es su deber sentenciar. Tanto testimonio como
argumentos implicarían la duda acerca de la decisión de Su Excelencia de
cumplir con su deber jurado. Ese es todo mi caso.
Mi abogado, un hermano del Médico Forense fallecido, se levantó y dijo:
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-Con la venia de la Corte... mi docto amigo ha dejado también y con tanta
elocuencia establecida la ley imperante en este caso, que sólo me resta
preguntar hasta dónde se la ha acatado. En verdad, su Excelencia es un
magistrado penal, y como tal es su deber sentenciar -¿qué?- este es un asunto
que la ley, sabia y justamente, ha dejado a su propio arbitrio, y sabiamente ya
ha descargado usted cada una de las obligaciones que la ley impone. Desde
que conozco a Su Excelencia no ha hecho otra cosa que sentenciar. Usted ha
sentenciado por soborno, latrocinio, incendio premeditado, perjurio, adulterio,
asesinato... cada crimen del código y cada exceso conocido por los sensuales y
los depravados, incluyendo a mi docto amigo, el Fiscal. Usted ha cumplido con
su deber de magistrado penal, y como no hay ninguna evidencia contra este
joven meritorio, mi cliente, propongo que sea absuelto.
Se hizo un solemne silencio. El Juez se levantó, se puso la capa negra y, con
voz temblorosa de emoción, me sentenció a la vida y a la libertad. Después,
volviéndose hacia mi consejero, dijo fría pero significativamente:
-Lo veré luego.
A la mañana siguiente, el abogado que me había defendido tan
escrupulosamente contra el cargo de haber asesinado a su propio hermano -con
quien había tenido una pelea por unas tierras- desapareció, y se desconoce su
suerte hasta el día de hoy.
Entretanto, el cuerpo de mi pobre padre había sido secretamente sepultado a
medianoche en los fondos de su último domicilio, con sus últimas botas puestas
y el contenido de su fallecido estómago sin analizar.
-Él se oponía a cualquier ostentación -dijo mi querida madre mientras terminaba
de apisonar la tierra y ayudaba a los niños a extender una capa de paja sobre la
tierra removida-, sus instintos eran domésticos y amaba la vida tranquila.
El pedido de sucesión de mi madre decía que ella tenía buenas razones para
creer que el difunto estaba muerto, puesto que no había vuelto a comer a su
casa desde hacía varios días; pero el Cuervo del juez - como siempre
despreciativamente la llamó después- decidió que la iba de muerte no era
suficiente y puso el patrimonio en manos de un Administrador Público, que era
su yerno. Se descubrió que el pasivo daba igual que el activo; sólo había
quedado la patente de invención del dispositivo para forzar cajas de seguridad
por presión hidráulica y en silencio, y ésta había pasado a la propiedad legítima
del Juez Testamentario y del Administrador Público, como mi querida madre
prefería decirlo. Así, en unos pocos meses, una acaudalada y respetable familia
fue reducida de la prosperidad al delito; la necesidad nos obligó a trabajar.
Diversas consideraciones, tales como la idoneidad personal, la inclinación, etc.,
nos guiaban en la selección de nuestras ocupaciones. Mi madre abrió una
selecta escuela privada para enseñar el arte de alterar las manchas sobre las
alfombras de piel de leopardo; el mayor de mis hermanos, George Heriry, a
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quien le gustaba la música, se convirtió en el corneta de un asilo para
sordomudos de los alrededores; mi hermana Mary María, aceptaba pedidos de
Esencias de Picaportes para condimentar fuentes minerales del Profesor
Pumpernickel, y yo me establecí como ajustador y dorador de vigas para horcas.
Los demás, demasiado jóvenes para trabajar, continuaron con el robo de
pequeños artículos expuestos en la vidriera de las tiendas, tal como habían sido
enseñados.
En nuestros ratos de ocio atraíamos a nuestra casa a los viajeros y
enterrábamos los cuerpos en un sótano.
En una parte de este sótano guardábamos vinos, licores y provisiones. De la
rapidez con que desaparecían nos sobrevino la supersticiosa creencia de que
los espíritus de las personas enterradas volvían a la noche y se daban un festín.
Al menos era cierto que con frecuencia, de mañana, solíamos descubrir trozos
de carnes adobadas, mercaderías envasadas y restos de comida ensuciando el
lugar, a pesar de que había sido cerrado con llave y atrancado, previendo toda
intromisión humana. Se propuso sacar las provisiones y almacenarlas en
cualquier otro sitio, pero nuestra querida madre, siempre generosa y
hospitalaria, dijo que era mejor soportar la pérdida que arriesgarse a ser
descubiertos; si los fantasmas les era negada esta insignificante gratificación,
podrían iniciar una investigación que echaría por tierra nuestro esquema de la
división del trabajo, desviando las energías de toda la familia hacia la simple
industria a la cual yo me dedicaba: todos tendríamos que decorar las vigas de
las horcas. Aceptamos su decisión con filial sumisión, que se debía a nuestro
respeto por su sabiduría y la pureza de su carácter.
Una noche, mientras todos estábamos en el sótano -ninguno se atrevía a entrar
solo- ocupados en la tarea de dispensar al alcalde de una ciudad vecina los
solemnes oficios del entierro cristiano, mi madre y los niños pequeños
sosteniendo cada uno una vela, mientras que George Henry y yo trabajábamos
con la pala y el pico, mi hermana Mary María profirió un chillido y se cubrió los
ojos con las manos. Estábamos todos sobrecogidos de espanto y las exequias
del alcalde fueron suspendidas de inmediato, mientras que, pálidos y con la voz
temblorosa, le rogamos que nos dijera qué cosa la había alarmado. Los niños
más pequeños temblaban tanto que sostenían las velas con escasa firmeza, y
las ondulantes sombras de nuestras figuras danzaban sobre las paredes con
movimientos toscos y grotescos que adoptaban las más pavorosas actitudes. La
cara del hombre muerto, ora fulgurando horriblemente en la luz, ora
extinguiéndose a través de alguna fluctuante sombra, parecía adoptar cada vez
una nueva y más imponente expresión, una amenaza aún más maligna. Más
asustadas que nosotros por el grito de la niña, las ratas echaron a correr en
multitudes por el lugar, lanzando penetrantes chillidos, o con sus ojos fijos
estrellando la oscura opacidad de algún distante rincón, meros puntos de luz
verde haciendo juego con la pálida fosforescencia de la podredumbre que
llenaba la tumba a medio cavar y que parecía la visible manifestación de un leve
olor a moribundo que corrompía el aire insalubre. Ahora los niños sollozaban y
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se pegaban a las piernas de sus mayores, dejando caer sus velas, mientras que
nosotros estábamos a punto de ser abandonados en la total oscuridad, excepto
por esa luz siniestra que fluía despaciosamente por encima de la tierra revuelta
e inundaba los bordes de la tumba como una fuente.
Entretanto, mi hermana, arrodillada sobre la tierra extraída de la excavación, se
había quitado las manos de la cara y estaba mirando con ojos dilatados en el
interior de un oscuro espacio que había entre dos barriles de vino.
-¡Allí está! -Allí está! -chilló, señalando- ¡Dios del cielo! ¿No podéis verlo?
Y realmente estaba allí: una figura humana apenas discernible en las tinieblas;
una figura que se balanceaba de un costado a otro como si se fuera a caer,
agarrándose a los barriles de vino para sostenerse; dio un paso hacia adelante,
tambaleándose y, por un momento, apareció a la luz de lo que quedaba de
nuestras velas; luego se irguió pesadamente y cayó postrada en tierra. En ese
momento todos habíamos reconocido la figura, la cara y el porte de nuestro
padre. ¡Muerto estos diez meses y enterrado por nuestras propias manos!
¡Nuestro padre, sin duda, resucitado y horriblemente borracho!
En los incidentes ocurridos durante la fuga precipitada de ese terrible lugar; en
la aniquilación de todo humano sentimiento en ese tumultuoso, loco apretujarse
por la húmeda y mohosa escalera, resbalando, cayendo, derribándose y
trepando uno sobre la espalda del otro, las luces extinguidas, los bebés
pisoteados por sus robustos hermanos y arrojados de vuelta a la muerte por un
brazo maternal; en todo esto no me atrevo a pensar. Mi madre, mi hermano y mi
hermana mayores y yo escapamos; los otros quedaron abajo, para morir de sus
heridas o de su terror; algunos, quizá, por las llamas, puesto que en una hora,
nosotros cuatro, juntando apresuradamente el poco dinero y las joyas que
teníamos, y la ropa que podíamos llevar, incendiamos la casa y huimos bajo la
luz de las llamas, hacia las colinas. Ni siquiera nos detuvimos a cobrar el seguro,
y mi querida madre dijo en su lecho de muerte, años después en una tierra
lejana, que ése había sido el único pecado de omisión que quedaba sobre su
conciencia. Su confesor, un hombre santo, le aseguró que, bajo tales
circunstancias, el Cielo le perdonaría su descuido.
Cerca de diez años después de nuestra desaparición de los escenarios de mi
infancia, yo, entonces un próspero falsificador, regresé disfrazado al lugar con la
intención de recuperar algo de nuestro tesoro, que había sido enterrado en el
sótano. Debo decir que no tuve éxito: el descubrimiento de muchos huesos
humanos en las ruinas obligó a las autoridades a excavar por más. Encontraron
el tesoro y lo guardaron. La casa no fue reconstruida; todo el vecindario era una
desolación. Tal cantidad de visiones y sonidos extraterrenos habían sido
denunciados desde entonces, que nadie quería vivir allí. Como no había a quien
preguntar o molestar, decidí gratificar mi piedad filial con la contemplación, una
vez más, de la cara de mi bienamado padre, si era cierto que nuestros ojos nos
habían engañado y estaba todavía en su tumba. Recordaba además que él
siempre había usado un enorme anillo de diamante, y yo como no lo había visto
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ni había oído nada acerca de él desde su muerte, tenía razones como para
pensar que debió haber sido enterrado con el anillo puesto. Procurándome una
pala, rápidamente localicé la tumba en lo que había sido el fondo de mi casa, y
comencé a cavar. Cuando hube alcanzado cerca de cuatro pies de profundidad,
la tumba se desfondó y me precipité a un gran desagüe, cayendo por el largo
agujero de su desmoronado codo. No había ni cadáver ni rastro alguno de él.
Imposibilitado para salir de la excavación, me arrastré por el desagüe, quité con
cierta dificultad una masa de escombros carbonizados y de ennegrecida
mampostería que lo obstaculizaba, y salí por lo que había sido aquel funesto
sótano.
Todo estaba claro. Mi padre, cualquier cosa que fuera lo que le había provocado
esa descompostura durante la cena (y pienso que mi santa madre hubiera
podido arrojar algo de luz sobre ese asunto) había sido, indudablemente,
enterrado vivo. La tumba se había excavado accidentalmente sobre el olvidado
desagüe hasta el recodo del caño, y como no utilizamos ataúd, sus esfuerzos
por sobrevivir habían roto la podrida mampostería, cayendo a través de ella y
escapando finalmente hacia el interior del sótano. Sintiendo que no era
bienvenido en su propia casa, pero no teniendo otra, había vivido en reclusión
subterránea como testigo de nuestro ahorro y como pensionista de nuestra
providencia. Él era quien se comía nuestra comida; él quien se bebía nuestro
vino; no era mejor que un ladrón. En un momento de intoxicación y sintiendo, sin
duda, necesidad de compañía, que es el único vínculo afín entre un borracho y
su raza, abandonó el lugar de su escondite en un momento extrañamente
inoportuno, acarreando deplorables consecuencias a aquellos más cercanos y
queridos. Un desatino que tuvo casi la dignidad de un crimen.

miércoles, 13 de octubre de 2010

EL GRAN INQUISIDOR. FIODOR DOSTOIEVSKI





Han pasado ya quince siglos desde que Cristo dijo: "No tardaré en volver. El día y la hora, nadie, ni el propio Hijo, las sabe". Tales fueron sus palabras al desparecer, y la Humanidad le espera siempre con la misma fe, o acaso con fe más ardiente aún que hace quince siglos. Pero el Diablo no duerme; la duda comienza a corromper a la Humanidad, a deslizarse en la tradición de los milagros. En el Norte de Germania ha nacido una herejía terrible, que, precisamente, niega los milagros. Los fieles, sin embargo, creen con más fe en ellos. Se espera a Cristo, se quiere sufrir y morir como Él... Y he aquí que la Humanidad ha rogado tanto por espacio de tantos siglos, ha gritado tanto "¡Señor, dignáos, aparecérosnos!", que Él ha querido, en su misericordia inagotable, bajar a la tierra.

Y he aquí que ha querido mostrarse, al menos un instante, a la multitud desgraciada, al pueblo sumido en el pecado, pero que le ama con amor de niño. El lugar de la acción es Sevilla; la época, la de la Inquisición, la de los cotidianos soberbios autos de fe, de terribles heresiarcas, ad majorem Dei gloriam.

No se trata de la venida prometida para la consumación de los siglos, de la aparición súbita de Cristo en todo el brillo de su gloria y su divinidad, "como un relámpago que brilla del Ocaso al Oriente". No, hoy sólo ha querido hacerles a sus hijos una visita, y ha escogido el lugar y la hora en que llamean las hogueras. Ha vuelto a tomar la forma humana que revistió, hace quince siglos, por espacio de treinta años.

Aparece entre las cenizas de las hogueras, donde la víspera, el cardenal gran inquisidor, en presencia del rey, los magnates, los caballeros, los altos dignatarios de la Iglesia, las más encantadoras damas de la corte, el pueblo en masa, quemó a cien herejes. Cristo avanza hacia la multitud, callado, modesto, sin tratar de llamar la atención, pero todos le reconocen.

El pueblo, impelido por un irresistible impulso, se agolpa a su paso y le sigue. Él, lento, una sonrisa de piedad en los labios, continúa avanzando. El amor abrasa su alma; de sus ojos fluyen la Luz, la Ciencia, la Fuerza, en rayos ardientes, que inflaman de amor a los hombres. Él les tiende los brazos, les bendice. De Él, de sus ropas, emana una virtud curativa. Un viejo, ciego de nacimiento, sale a su encuentro y grita: "¡Señor, cúrame para que pueda verte!" Una escama se desprende de sus ojos, y ve. El pueblo derrama lágrimas de alegría y besa la tierra que Él pisa. Los niños tiran flores a sus pies y cantan Hosanna, y el pueblo exclama: "¡Es Él! ¡Tiene que ser Él! ¡No puede ser otro que Él!"

Cristo se detiene en el atrio de la catedral. Se oyen lamentos; unos jóvenes llevan en hombros a un pequeño ataúd blanco, abierto, en el que reposa, sobre flores, el cuerpo de una niña de diecisiete años, hija de un personaje de la ciudad.

–¡Él resucitará a tu hija! –le grita el pueblo a la desconsolada madre.

El sacerdote que ha salido a recibir el ataúd mira, con asombro, al desconocido y frunce el ceño.

Pero la madre profiere:

–¡Si eres Tú, resucita a mi hija!

Y se posterna ante Él. Se detiene el cortejo, los jóvenes dejan el ataúd sobre las losas. Él lo contempla, compasivo, y de nuevo pronuncia el Talipha kumi (Levántate, muchacha).

La muerta se incorpora, abre los ojos, se sonríe, mira sorprendida en torno suyo, sin soltar el ramo de rosas blancas que su madre había colocado entre sus manos. El pueblo, lleno de estupor, clama, llora.

En el mismo momento en que se detiene el cortejo, aparece en la plaza el cardenal gran inquisidor. Es un viejo de noventa años, alto, erguido, de una ascética delgadez. En sus ojos hundidos fulgura una llama que los años no han apagado. Ahora no luce los aparatosos ropajes de la víspera; el magnífico traje con que asistió a la cremación de los enemigos de la Iglesia ha sido reemplazado por un tosco hábito de fraile.

Sus siniestros colaboradores y los esbirros del Santo Oficio le siguen a respetuosa distancia. El cortejo fúnebre detenido, la muchedumbre agolpada ante la catedral le inquietan, y espía desde lejos. Lo ve todo: el ataúd a los pies del desconocido, la resurrección de la muerta... Sus espesas cejas blancas se fruncen, se aviva, fatídico, el brillo de sus ojos.

–¡Prendedle!– les ordena a sus esbirros, señalando a Cristo.

Y es tal su poder, tal la medrosa sumisión del pueblo ante él, que la multitud se aparta, al punto, silenciosa, y los esbirros prenden a Cristo y se lo llevan. Como un solo hombre, el pueblo se inclina al paso del anciano y recibe su bendición.
Los esbirros conducen al preso a la cárcel del Santo Oficio y le encierran en una angosta y oscura celda.
Muere el día, y una noche de luna una noche española, cálida y olorosa a limoneros y laureles, le sucede.
De pronto, en las tinieblas se abr la férrea puerta del calabozo y penetra el gran inquisidor en persona solo, alumbrándose con una linterna. La puerta se cierra tras él. E anciano se detiene a pocos pasos de umbral y, sin hablar palabra, con templa, durante cerca de dos minutos, al preso. Luego, avanza lenta mente, deja la linterna sobre la mesa y pregunta:

–¿Eres Tú, en efecto?

Pero, sin esperar la respuesta prosigue

–No hables, calla. ¿Qué podías decirme? Demasiado lo sé. No tienes derecho a añadir ni una sola palabra a lo que ya dijiste. ¿Porqué has venido a molestarnos?… Bien sabes que tu venida es inoportuna. Mas yo te aseguro que mañana mismo... No quiero saber si eres Él o sólo su apariencia; sea quien seas, mañana te condenaré; perecerás en la hoguera como el peor de los herejes. Verás cómo ese mismo pueblo que esta tarde te besaba los pies, se apresura, a una señal mía, a echar leña al fuego. Quizá nada de esto te sorprenda...
Y el anciano, mudo y pensativo sigue mirando al preso, acechando la expresión de su rostro, serena y suave.
–El Espíritu terrible e inteligente – añade, tras una larga pausa –, el Espíritu de la negación y de la nada, te habló en el desierto, y la Escrituras atestiguan que te "tentó". No puede concebirse nada más profundo que lo que se te dijo e aquellas tres preguntas o, para emplear el lenguaje de la Escritura, en aquellas tres "tentaciones". ¡Si ha habido algún milagro auténtico, evidente, ha sido el de las tres tentaciones! ¡El hecho de que tales preguntas hayan podido brotar de unos labios, es ya, por sí solo, un milagro! Supongamos que hubieran sido borradas del libro, que hubiera que inventarlas, que forjárselas de nuevo. Supongamos que, con ese objeto, se reuniesen todos los sabios de la tierra, los hombres de Estado, los príncipes de la Iglesia, los filósofos, los poetas, y que se les dijese: "Inventad tres preguntas que no sólo correspondan a la grandeza del momento, sino que contengan, en su triple interrogación, toda la historia de la Humanidad futura", ¿crees que esa asamblea de todas las grandes inteligencias terrestres podría forjarse algo tan alto, tan formidable como las tres preguntas del inteligente y poderoso Espíritu? Esas tres preguntas, por sí solas, demuestran que quien te habló aquel día no era un espíritu humano, contingente, sino el Espíritu Eterno, Absoluto. Toda la historia ulterior de la Humanidad está predicha y condensada en ellas; son las tres formas en que se concretan todas las contradicciones de la historia de nuestra especie. Esto, entonces, aún no era evidente, el porvenir era aún desconocido; pero han pasado quince siglos y vemos que todo estaba previsto en la Triple Interrogación, que es nuestra historia.¿Quién tenía razón, di? ¿Tú o quien te interrogó?...

Si no el texto, el sentido de la primera pregunta es el siguiente: "Quieres presentarte al mundo con las manos vacías, anunciándoles a los hombres una libertad que su tontería y su maldad naturales no lo permiten comprender, una liberad espantosa, ¡pues para el hombre y para la sociedad no ha habido nunca nada tan espantoso como la libertad!, cuando, si convirtieses en panes todas esas piedras peladas esparcidas ante tu vista, verías a la Humanidad correr, en pos de ti, como un rebaño, agradecida, sumisa, temerosa tan sólo de que tu mano depusiera su ademán taumatúrgico y los panes se tornasen piedras." Pero tú no quisiste privar al hombre de su libertad y repeliste la tentación; te horrorizaba la idea de comprar con panes la obediencia de la Humanidad, y contestaste que "no so1o de pan vive el hombre", sin saber que el espíritu de la tierra, reclamando el pan de la tierra, había de alzarse contra ti, combatirte y vencerte, y que todos le seguirían, gritando: "¡Nos ha dado el fuego del cielo!" Pasarán siglos y la Humanidad proclamará, por boca de sus sabios, que no hay crímenes y, por consiguiente, no hay pecado; que so1o hay hambrientos. "Dales pan si quieres que sean virtuosos." Esa será la divisa de los que se alzarán contra ti, el lema que inscribirán en su bandera; y tu templo será derribado y, en su lugar, se erigirá una nueva Torre de Babel, no más firme que la primera, el esfuerzo de cuya erección y mil años de sufrimientos podías haberles ahorrado a los hombres. Pues volverán a nosotros, al cabo de mil años de trabajo y dolor, y nos buscarán en los subterráneos, en las catacumbas donde estaremos escondidos – huyendo aún de la persecución, del martirio –, para gritarnos: "¡Pan! ¡Los que nos habían prometido el fuego del cielo no nos lo han dado!" Y nosotros acabaremos su Babel, dándoles pan, lo único de que tendrán necesidad. Y se lo daremos en tu nombre. Sabemos mentir. Sin nosotros, se morirían de hambre. Su ciencia no les mantendría. Mientras gocen de libertad les faltará el pan; pero acabarán por poner su libertad a nuestros pies, clamando: "¡Cadenas y pan!" Comprenderán que la libertad no es compatible con una justa repartición del pan terrestre entre todos los hombres, dado que nunca – ¡nunca! – sabrán repartírselo. Se convencerán también de que son indignos de la libertad; débiles, viciosos, necios, indómitos. Tú les prometiste el pan del cielo. ¿Crees que puede ofrecerse ese pan, en vez del de la tierra, siendo la raza humana lo vil, lo incorregiblemente vil que es? Con tu pan del cielo podrás atraer y seducir a miles de almas, a docenas de miles, pero ¿y los millones y las decenas de millones no bastante fuertes para preferir el pan del cielo al pan de la tierra? ¿Acaso eres tan sólo el Dios de los grandes? Los demás, esos granos de arena del mar; los demás, que son débiles, pero que te aman, ¿no son a tus ojos sino viles instrumentos en manos de los grandes?... Nosotros amamos a esos pobres seres, que acabarán, a pesar de su condición viciosa y rebelde, por dejarse dominar. Nos admirarán, seremos sus dioses, una vez sobre nuestros hombros la carga de su libertad, una vez que hayamos aceptado el cetro que – ¡tanto será el miedo que la libertad acabará por inspirarles! – nos ofrecerán. Y reinaremos en tu nombre, sin dejarte acercar a nosotros. Esta impostura, esta necesaria mentira, constituirá nuestra cruz.

Como ves, la primera de la tres preguntas encerraba el secreto del mundo. ¡Y tú la desdeñaste! Ponías la libertad por encima de todo, cuando, si hubieras consentido en tornar panes las piedras del desierto, hubieras satisfecho el eterno y unánime deseo de la Humanidad; le hubieras dado un amo. El más vivo afán del hombre libre es encontrar un ser ante quien inclinarse. Pero quiere inclinarse ante una fuerza incontestable, que pueda reunir a todos los hombres en una comunión de respeto; quiere que el objeto de su culto lo sea de un culto universal; quiere una religión común. Y esa necesidad de la comunidad en la adoración es, desde el principio de los siglos, el mayor tormento individual y colectivo del género humano. Por realizar esa quimera, los hombres se exterminan. Cada pueblo se ha creado un dios y le ha dicho a su vecino: "¡Adora a mi dios o te mato!" Y así ocurrirá hasta el fin del mundo; los dioses podrán desaparecer de la tierra, mas la Humanidad hará de nuevo por los ídolos lo que ha hecho por los dioses. Tú no ignorabas ese secreto fundamental de la naturaleza humana y, no obstante, rechazaste la única bandera que te hubiera asegurado la sumisión de todos los hombres: la bandera del pan terrestre; la rechazaste en nombre del pan celestial y de la libertad, y en nombre de la libertad seguiste obrando hasta tu muerte. No hay, te repito, un afán más vivo en el hombre que encontrar en quien delegar la libertad de que nace dotada tan miserable criatura. Sin embargo, para obtener la ofrenda de la libertad de los hombres, hay que darles la paz de la conciencia. El hombre se hubiera inclinado ante ti si le hubieras dado pan, porque el pan es una cosa incontestable; pero si, al mismo tiempo, otro se hubiera adueñado de la conciencia humana, el hombre hubiera dejado tu pan para seguirle. En eso, tenías razón; el secreto de la existencia humana consiste en la razón, en el motivo de la vida. Si el hombre no acierta a explicarse por qué debe vivir preferirá morir a continuar esta existencia sin objeto conocido, aunque disponga de una inmensa provisión de pan. Pero ¿de qué te sirvió el conocer esa verdad? En vez de coartar la libertad humana, le quitaste diques, olvidando, sin duda, que a la libertad de elegir entre el bien y el mal el hombre prefiere la paz, aunque sea la de la muerte. Nada tan caro para el hombre como el libre albedrío, y nada, también, que le haga sufrir tanto. Y, en vez de formar tu doctrina de principios sólidos que pudieran pacificar definitivamente la conciencia humana, la formaste de cuanto hay de extraordinario, vago, conjetural, de cuanto traspasa los límites de las fuerzas del hombre, a quien, ¡tú que diste la vida por él!, diríase que no amabas. Al quitarle diques a su libertad, introdujiste en el alma humana nuevos elementos de dolor. Querías ser amado con un libre amor, libremente seguido. Abolida la dura ley antigua, el hombre debía, sin trabas, sin más guía que tu ejemplo, elegir entre el bien y el mal. ¿,No se te alcanzaba que acabarías por desacatar incluso tu ejemplo y tu verdad, abrumado bajo la terrible carga de la libre elección, y que gritaría: "Si Él hubiera poseído la verdad, no hubiera dejado a sus hijos sumidos en una perplejidad tan horrible, envueltos en tales tinieblas?" Tú mismo preparaste tu ruina: no culpes a nadie. Si hubieras escuchado lo que se te proponía... Hay sobre la tierra tres únicas fuerzas capaces de someter para siempre la conciencia de esos seres débiles e indómitos – haciéndoles felices – : el milagro, el misterio y la autoridad. Y tú no quisiste valerte de ninguna. El Espíritu terrible te llevó a la almena del templo y te dijo: "¿Quieres saber si eres el Hijo de Dios? Déjate caer abajo, porque escrito está que los ángeles tomarte han en las manos." Tú rechazaste la proposición, no te dejaste caer. Demostraste con ello el sublime orgullo de un dios; ¡pero los hombres, esos seres débiles, impotentes, no son dioses! Sabías que, sólo con intentar precipitarte, hubieras perdido la fe en tu Padre, y el gran Tentador hubiera visto, regocijadísimo, estrellarse tu cuerpo en la tierra que habías venido a salvar. Mas, dime, ¿hay muchos seres semejantes a ti? ¿Pudiste pensar un solo instante que los hombres serían capaces de comprender tu resistencia a aquella tentación? La naturaleza humana no es bastante fuerte para prescindir del milagro y contentarse con la libre elección del corazón, en esos instantes terribles en que las preguntas vitales exigen una respuesta. Sabías que tu heroico silencio sería perpetuado en los libros y resonaría en lo más remoto de los tiempos, en los más apartados rincones del mundo. Y esperabas que el hombre te imitaría y prescindiría de los milagros, como un dios, siendo así que, en su necesidad de milagros, los inventa y se inclina ante los prodigios de los magos y los encantamientos de los hechiceros, aunque sea hereje o ateo.

Cuando te dijeron, por mofa: "¡Baja de la cruz y creeremos en ti!", no bajaste. Entonces, tampoco quisiste someter al hombre con el milagro, porque lo que deseaba de él era una creencia libre, no violentada por el prestigio de lo maravilloso; un amor espontáneo, no los transportes serviles de un esclavo aterrorizado. En esta ocasión, como en todas, obraste inspirándote en una idea del hombre demasiado elevada: ¡es esclavo, aunque haya sido creado rebelde! Han pasado quince siglos: ve y juzga. ¿A quién has elevado hasta ti? El hombre, créeme, es más débil y más vil de lo que tú pensabas. ¿Puede, acaso, hacer lo que tú hiciste? Le estimas demasiado y sientes por él demasiado poca piedad; le has exigido demasiado, tú que le amas más que a ti mismo. Debías estimarle menos y exigirle menos. Es débil y cobarde. El que hoy se subleve en todas partes contra nuestra autoridad y se enorgullezca de ello, no significa nada. Sus bravatas son hijas de una vanidad de escolar. Los hombres son siempre unos chiquillos: se sublevan contra el profesor y le echan del aula; pero la revuelta tendrá un término y les costará cara a los revoltosos. No importa que derriben templos y ensangrienten la tierra: tarde o temprano, comprenderán la inutilidad de una rebelión que no son capaces de sostener. Verterán estúpidas lágrimas; pero, al cabo, comprenderán que el que les ha creado rebeldes les ha hecho objeto de una burla y lo gritarán, desesperados. Y esta blasfemia acrecerá su miseria, pues la naturaleza humana, demasiado mezquina para soportar la blasfemia, se encarga ella misma de castigarla.

La inquietud, la duda, la desgracia: he aquí el lote de los hombres por quienes diste tu sangre. Tu profeta dice que, en su visión simbólica, vio a todos los partícipes de la primera resurrección y que eran doce mil por cada generación. Su número no es corto, si se considera que supone una naturaleza más que humana el llevar tu cruz, el vivir largos años en el desierto, alimentándose de raíces y langostas; y puedes, en verdad, enorgullecerte de esos hijos de la libertad, del libre amor, estar satisfechos del voluntario y magnífico sacrificio de sí mismos, hecho en tu nombre. Pero no olvides que se trata só1o de algunos miles y, más que de hombres, de dioses. ¿Y el resto de la Humanidad? ¿Qué culpa tienen los demás, los débiles humanos, de no poseer la fuerza sobrenatural de los fuertes? ¿Qué culpa tiene el alma feble de no poder soportar el peso de algunos dones terribles? ¿Acaso viniste tan sólo por los elegidos? Si es así, lo importante no es la libertad ni el amor, sino el misterio, el impenetrable misterio. Y nosotros tenemos derecho a predicarles a los hombres que deben someterse a él sin razonar, aun contra los dictados de su conciencia. Y eso es lo que hemos hecho. Hemos corregido tu obra; la hemos basado en el "milagro", el "misterio" y la "autoridad". Y los hombres se han congratulado de verse de nuevo conducidos como un rebaño y libres, por fin, del don funesto que tantos sufrimientos les ha causado. Di, ¿hemos hecho bien? ¿Se nos puede acusar de no amar a la Humanidad? ¿No somos nosotros los únicos que tenemos conciencia de su flaqueza; nosotros que, en atención a su fragilidad, la hemos autorizado hasta para pecar, con tal que nos pida permiso? ¿Por qué callas? ¿Por qué te limitas a mirarme con tus dulces y penetrantes ojos? ¡No te amo y no quiero tu amor; prefiero tu cólera! ¿Y para qué ocultarte nada? Sé a quién le hablo. Conoces lo que voy a decirte, lo leo en tus ojos... Quizá quieras oír precisamente de mi boca nuestro secreto. Oye, pues: no estamos contigo, estamos con Él... ; nuestro secreto es ése. Hace mucho tiempo – ¡ocho siglos! – que no estamos contigo, sino con Él. Hace ocho siglos que recibimos de Él el don que tú, cuando te tentó por tercera vez mostrándote todos los reinos de la tierra, rechazaste indignado; nosotros aceptamos y, dueños de Roma y la espada de César, nos declaramos los amos del mundo. Sin embargo, nuestra conquista no ha acabado aún, está todavía en su etapa inicial, falta mucho para verla concluida; la tierra ha de sufrir aún durante mucho tiempo; pero nosotros conseguiremos nuestro objeto, seremos el César y, entonces, nos preocuparemos de la felicidad universal. Tú también pudiste haber tomado la espada de César; ¿por qué rechazaste tal don? Aceptándole, hubieras satisfecho todos los anhelos de los hombres sobre la tierra, les hubieras dado un amo, un depositario de su conciencia y, a la vez, un ser en torno a quien unirse, formando un inmenso hormiguero, ya que la necesidad de la unión universal es otro de los tres supremos tormentos de la Humanidad. La Humanidad siempre ha tendido a la unidad mundial. Cuanto más grandes y gloriosos, más sienten los pueblos ese anhelo. Los grandes conquistadores, los Tamerlan, los Gengis Kan que recorren la tierra como un huracán devastador, obedecen, de un modo inconsciente, a esa necesidad. Tomando la púrpura de César, hubieras fundado el imperio universal, que hubiera sido la paz del mundo. Pues, ¿quién debe reinar sobre los hombres sino el que es dueño de sus conciencias y tiene su pan en las manos?

Tomamos la espada de César y, al hacerlo, rompimos contigo y nos unimos a Él. Aún habrá siglos de libertinaje intelectual, de pedantería y de antropofagia –los hombres, luego de erigir, sin nosotros, su Torre de Babel, se entregarán a la antropofagia–; pero la bestia acabará por arrastrarse hasta nuestros pies, los lamerá y los regará con lágrimas de sangre. Y nosotros nos sentaremos sobre la bestia y levantaremos una copa en la que se leerá la palabra "Misterio". Y entonces, sólo entonces, empezará para los hombres el reinado de la paz y de la dicha. Tú te de tus elegidos, pero son una mi noria: nosotros les daremos el re y la calma a todos. Y aun de esa minoría, aun de entre esos "fuertes" llamados a ser de los elegidos, ¡cuántos han acabado y acabarán por cansarse de esperar, cuán tos han empleado y emplearán contra ti las fuerzas de su espíritu y el ardor de su corazón en uso de la libertad de que te son deudores! Nosotros les daremos a todos la felicidad, concluiremos con las re vueltas y matanzas originadas por la libertad. Les convenceremos de que no serán verdaderamente libres, sino cuando nos hayan confiado su libertad. ¿Mentiremos? ¡No! Y bien sabrán ellos que no les engañamos, cansados de las dudas y de los terrores que la libertad lleva consigo. La independencia, el libre pensamiento y la ciencia llegarán a sumirles en tales tinieblas, a espantarlos con tales prodigios, a causar los con tales exigencias, que los menos suaves y dóciles se suicidarán; otros, también indóciles, pero débiles y violentos, se asesinarán, y otros –los más–, rebaño de cobardes y de miserables, gritarán a nuestros pies: "¡Sí, tenéis razón! Sólo vosotros poseéis su secreto y volvemos a vosotros! ¡Salvadnos de nosotros mismos!"

No se les ocultará que el pan –obtenido con su propio trabajo, sin milagro alguno– que reciben de nosotros se lo tomamos antes nosotros a ellos para repartírselo, y que no convertimos las piedras en panes. Pero, en verdad, más que el pan en sí, lo que les satisfará es que nosotros se lo demos. Pues verán que, si no convertimos las piedras en partes, tampoco los panes se convierten, vuelto el hombre a nosotros, en piedras. ¡Comprenderán, al cabo, el valor de la sumisión! Y mientras no lo comprendan, padecerán. ¿Quién, dime, quién ha puesto más de su parte para que dejen de padecer? ¿Quién ha dividido el rebaño y le ha dispersado por extraviados andurriales? Las ovejas se reunirán de nuevo, el rebaño volverá a la obediencia y ya nada le dividirá ni lo dispersará. Nosotros, entonces, les daremos a los hombres una felicidad en armonía con su débil naturaleza, una felicidad compuesta de pan y humildad. Sí, les predicaremos la humildad – no, como Tú, el orgullo . Les probaremos que son débiles niños, pero que la felicidad de los niños tiene particulares encantos. Se tornarán tímidos, no nos perderán nunca de vista y se estrecharán contra nosotros como polluelos que buscan el abrigo del ala materna. Nos temerán y nos admirarán. Les enorgullecerá el pensar la energía y el genio que habremos necesitado para domar a tanto rebelde. Les asustará nuestra cólera, y sus ojos, como los de los niños y los de las mujeres, serán fuentes de lágrimas. ¡Pero con que facilidad, a un gesto nuestro, pasarán del llanto a la risa, a la suave alegría de los niños! Les obligaremos, ¿qué duda cabe?, a trabajar; pero los organizaremos, para sus horas de ocio, una vida semejante a los juegos de los niños, mezcla de canciones, coros inocentes y danzas. Hasta les permitiremos pecar – ¡su naturaleza es tan flaca!–. Y, como les permitiremos pecar, nos amarán con un amor sencillo, infantil. Les diremos que todo pecado cometido con nuestro permiso será perdonado, y lo haremos por amor, pues, de sus pecados, el castigo será para nosotros y el placer para ellos. Y nos adorarán como a bienhechores. Nos lo dirán todo y, según su grado de obediencia, les permitiremos o les prohibiremos vivir con sus mujeres o sus amantes y les consentiremos o no les consentiremos tener hijos. Y nos obedecerán, muy contentos. Nos someterán los más penosos secretos de su conciencia, y nosotros decidiremos en todo y por todo; y ellos acatarán, alegres, nuestras sentencias, pues les ahorrarán el cruel trabajo de elegir y de determinarse libremente.

Todos los millones de seres humanos serán así, felices, salvo unos cien mil, salvo nosotros, los depositarios del secreto. Porque nosotros seremos desgraciados. Los felices se contarán por miles de millones, y habrá cien mil mártires del conocimiento, exclusivo y maldito, del bien y del mal. Morirán en paz. pronunciando tu nombre, y, más allá de la tumba, sólo verán la oscuridad de la muerte. Sin embargo, nos lo callaremos; embaucaremos a los hombres, por su bien, con la promesa de una eterna recompensa en el cielo, a sabiendas de que, si hay otro mundo, no ha sido, de seguro, creado para ellos. Se vaticina que volverás, rodeado de tus elegidos, y que vencerás; tus héroes sólo podrán envanecerse de haberse salvado a sí mismos, mientras que nosotros habremos salvado al mundo entero. Se dice que la fornicadora, sentada sobre la bestia y con la "copa del misterio" en las manos, será afrentada y que los débiles se sublevarán por vez postrera, desgarrarán su púrpura y desnudarán su cuerpo impuro. Pero yo me levantaré entonces y te mostraré los miles de millones de seres felices que no han conocido el pecado. Y nosotros que, por su bien, habremos asumido el peso de sus culpas, nos alzaremos ante ti, diciendo: "¡Júzganos, si puedes y te atreves!" No te temo. Yo también he estado en el desierto; yo también me he alimentado de langostas y raíces; yo también he bendecido la libertad que les diste a los hombres y he soñado con ser del número de los fuertes. Pero he renunciado a ese sueño, he renunciado a tu locura para sumarme al grupo de los que corrigen tu obra. He dejado a los orgullosos para acudir en socorro de los humildes.

Lo que te digo se realizará; nuestro imperio será un hecho.

Y te repito que mañana, a una señal mía, verás a un rebaño sumiso echar leña a la hoguera donde te haré morir, por haber venido a perturbarnos. ¿Quién más digno que Tú de la hoguera? Mañana te quemaré. Dixi.

El inquisidor calla. Espera unos instantes la respuesta del preso. Aquel silencio le turba. El preso le ha oído, sin dejar de mirarle a los ojos, con una mirada fija y dulce, decidido evidentemente a no contestar nada. El anciano hubiera querido oír de sus labios una palabra, aunque hubiera sido la más amarga, la más terrible. Y he aquí que el preso se le acerca en silencio y da un beso en sus labios exangües de nonagenario. ¡A eso se reduce su respuesta! El anciano se estremece, sus labios tiemblan; se dirige a la puerta, la abre y dice: "¡Vete y no vuelvas nunca... , nunca! Y le deja salir a las tinieblas de la ciudad. El preso se aleja.

sábado, 5 de junio de 2010

Aspectos preliminares de mis críticas.

Guillermo M. Araya Paniagua. Estudiante de Filosofía y Derecho UCR.

(…) El primero era no aceptar nunca como verdadera ninguna cosa que no conociese con evidencia que lo era; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no comprender en mis juicios nada más aquello que se presentase tan clara y distintamente a mi espíritu que no tuviese ocasión alguna de ponerlo en duda (…)
René Descartes. Discurso del método.

El afán mío por escribir en esta revista universitaria, más que reanudar una idea de antaño fue y será la puesta en marcha de la idea de que es necesario en los reductos de esta Facultad de Derecho, alguna voz que exprese alguna opinión que genere en el lector algún sentimiento no necesariamente favor(able) a los intereses del hombre-masa al decir de Ortega y Gasset sino por el por el contrario de alguna masa crítica que es probable que ha resistido los embates de la aculturación (en sentido peyorativo) y estupidización de la que somos víctimas con el paso de los años.
El anhelo de toda opinión o razonamiento que emita en esta revista procurará en la medida de lo posible no simple y llanamente persuadir o convencer al lector con argumentos poco sólidos, es decir mediante razonamientos dialecticos tal y como distinguía Aristóteles, lo cual ya desde un inicio es una empresa difícil de llevar a cabo, sino que procuraré en la medida de mis (in)capacidades utilizar razonamientos más o menos analíticos con el fin de conducir la crítica por las sendas de la razón y no de la pasión arribando con esto a conclusiones mas o menos necesarias o verdaderas.
Los temas que abordaré no necesariamente serán temas actuales, aunque ellos son de mi predilección (tremendo mal) y estos podrán versar acerca de temas sociales, políticos, epistemológicos y evidentemente jurídicos e institucionales de la Universidad.
Temas que serán probablemente objeto de análisis son por ejemplo el caso de la Minería a Cielo abierto en Cutris de San Carlos por parte de una transnacional canadiense, en la que actualmente se encuentran detenidas las obras de destrucción de cientos de hectáreas de bosque para su eventual explotación minera producto de una medida cautelar en un proceso Contencioso-Administrativo suscrito y presentado por la Asociación Preservacionista de Flora y Fauna Silvestre (APREFLOFAS) que con carácter de urgencia optó por ese mecanismo legal por resultar infructuoso un proceso constitucional que señaló que no había yerros constitucionales en el decreto que el presidente saliente Arias declaró de interés público esa actividad (voto 6922-2010, el que no se encuentra a la fecha con su redacción integral).
Otros temas que podrán ser objeto de estudio giraran en torno a casos por presunta corrupción en donde figuran 2 expresidentes de la República (des)conocidos en la prensa como CCSS-FISCHEL e ICE-ALCATEL, el primero como es de conocimiento público fue resuelto con sentencia condenatoria para la mayor parte de sus imputados, sentencia que unos califican de benevolente y otros una burla a la Administración de justicia y que se encuentra pendiente de resolverse en forma aparentemente definitiva en la Sala Tercera, el segundo (caso ICE-ALCATEL) que se encuentra en etapa de debate y que como han “informado” los medios de comunicación días atrás, una de las pruebas “más importantes” (pruebas documentales de las cuentas bancarias en Panamá) fue rechazada por el Tribunal, asimismo que el “principal” imputado de la causa penal se abstuvo de declarar por recomendación de su abogado hasta que el testigo de la corona declare primero. Por último un tema al que me abocaré a dilucidar acá, será el del proceso y nivel de educación de esta Facultad, para lo que servirá de insumo la sección destinada a los estudiantes de todos los “grados” y “niveles” en donde se les dará la oportunidad de expresar sus sentimientos, opiniones y críticas a metodologías pedagógicas (in)adecuadas de profesores tomando en consideración elementos objetivos que podrán conducir a dar una luz del desempeño en términos positivos o negativos y que contribuirán a un ideal propio de toda Universidad progresista, a “hablarle” al estudiante de la forma más sincera posible del nivel de la educación en aras de lograr mayor excelencia académica y excelencia humana. Espero cumplir a cabalidad con mi cometido, cualquier crítica será un insumo más.
Seguidamente me abocaré a desarrollar aunque en forma somera el primer artículo de este espacio. Un tema que muchas veces no es discutido y es obviado o términos más llanos y metafóricos, pasado por alto hoy día, y es el de la crisis de la educación superior en nuestro país.

De la fantasía curricular, ¿ un tema cíclico ?
El tema de la excelencia curricular en nuestro país ha sido un tema del que muchos piensan que ha sido excesivamente comentado y aparentemente superado. Por ello, el tema no es objeto de discusión ni del que mucho menos se han propuesto metas programáticas para ir paulatinamente en esa dirección.
Decía Constantino Láscaris, un filósofo de mucha trayectoria en nuestro país y de mucha visión en el ámbito del pedagogismo -citado por otro gran propulsor del pedagogismo en nuestro medio, Enrique Pedro Haba- que son secundarios los problemas de planes y programas y que juzgar una institución por sus programas es no juzgarla, sino enjuiciar unos papeles. Por otro lado, sostenía Schopenhauer, que la vista pierde su agudeza cuando mira durante mucho tiempo un objeto y, al fin, ya no ve más; lo mismo ocurre decía, con el intelecto, que se hace incapaz y nebuloso al pensar contantemente sobre un mismo asunto.
En nuestro país para nadie es un secreto que la educación superior está sufriendo una grave crisis. Los medios de comunicación dicen que las 50 universidades privadas graduaron en el 2007 casi el doble de estudiantes que los cuatro centros públicos de enseñanza superior. Dicen las cifras que las universidades privadas graduaron a 20.000 nuevos “profesionales”, mientras que las universidades públicas graduaron en ese mismo año (2007) 11,370 (¿profesionales?) contando la Universidad de Costa Rica a su cargo con 4.422 de sus graduandos.
Albán Bonilla Sandí, director ejecutivo de la Unión de Rectores de Universidades Privadas (Unire), estimaba que muchos alumnos prefieren la educación superior privada sobre la pública y asimismo afirmó que los centros privados “aprovechan” mejor el tiempo de sus alumnos al programar las clases por cuatrimestre y no en cursos de seis meses(La Nación, 2007).
Hay muchas evidencias de que por lo menos en nuestro país las universidades privadas no superan a las universidades públicas y que lamentablemente muchos de quienes se egresan de esos centros, lejos de tener un conocimiento integral de las ciencias, las artes y las humanidades, terminan condenados a ser -como alguna vez dijo Ortega y Gasset- unos bárbaros especializados; pero ¿será esta premonición exclusiva de esos centros privados de estudios?
Carencias en los planes de estudios, en el personal académico, en el personal administrativo, en la infraestructura, en los centros de información y recursos, en el equipo (laboratorios de informática u otros), así como en las finanzas y el presupuesto son elementos que se valoran como componentes fundamentales para medir la excelencia de una casa de estudios superiores. Sin embargo, la responsabilidad de la excelencia académica no sólo debe recaer en la Universidad, sino que los estudiantes que la conforman tienen una cuota importante de responsabilidad para que todas las condiciones y elementos mencionados se cumplan y, en la medida de lo posible, sean cada vez superados y elevados a un nivel cada vez mayor. No denunciar la mala calidad educativa que se presta, es simple y llanamente ser partícipes del auto-engaño colectivo y de la degradación de la educación y de la conciencia misma.
Hay otros factores que ya han sido señalados de forma diáfana por otro profesor que lamentablemente es infravalorado, en un corto pero profundo ensayo denominado los Siete Pecados Capitales en la Enseñanza del Derecho. En este se menciona, como primer pecado capital, a la pereza de la inteligencia de los estudiantes y de la que considera como unas de sus posibles causas desde una formación escolar precaria y deficiente hasta un sistema de enseñanza memorístico y repetitivo, sumado dice él, a una visión a-problematizadora, pero que no deja de lado a la labor del docente que considero es primordial, y que plasma como tercer pecado capital que le denomina la soberbia de los pusilánimes, diciendo que un docente que aprueba en masa a los estudiantes para ganar sus simpatías, quien llega tarde a las lecciones, quien no atiende consultas, o lo que es peor aún, que permite que sus alumnos lo irrespeten de diversas formas (…) adolece de la voluntad y del temperamento para enseñar(Salas,2004).
Al día de hoy la Facultad de Derecho no ha sido acreditada ante la entidad internacional SINAES como sí lo han hecho otras escuelas como la de Medicina y Cirugía, Trabajo Social, Farmacia, Biología, Microbiología y Química, Educación Física, Ciencias de la Comunicación Colectiva, Ingeniería Química, Civil e Industrial, así como las Escuelas de Administración Pública, Administración aduanera y Comercio exterior, Arquitectura, Tecnología de alimentos, Odontología, Enfermería y Agronomía. Otras universidades privadas como la ULACIT y aparentemente la Universidad Libre de Derecho han adquirido tal nominación en lo que atañe a sus escuelas de Derecho.
El proceso de acreditación mencionado está en curso, debiendo presentarse ante dicha entidad todos los requerimientos exigidos el día 5 de Julio del presente año, pero acá surge la disyuntiva, si será sólo cuestión de papelitos como decía Láscaris la acreditación de nuestra Facultad de Derecho o si será que en realidad tendrá la Facultad la vocación y la madurez necesarias para acreditarse y cumplir con los estándares mencionados o en última instancia será una cuestión cíclica que deberá mejor dejarse para otro momento como se dijo tiempo atrás ???